HAY DERECHO PARA AVERGONZARNOS, A 80 AÑOS DE LA MASACRE DE LAS BANANERAS

Escrito por:

Olimpo Cárdenas Delgado

Lunes, 26 de Enero de 2009 20:32

Todo coincidió en estos últimos días. Primero un amigo me prestó un pequeño libro titulado “1928 la masacre en las bananeras”, que dedica sus páginas a los discursos de denuncia de Jorge Eliécer Gaitan en el Congreso de la República, a partir del 3 de septiembre de 1929, meses después de cometidos los horrendos hechos. Después otro amigo me dijo que en el Museo de Antioquia había una exposición de caricaturas de Ricardo Rendón, caricaturista de principios del siglo 20, y una de ellas se titulaba “La huida de Cortés Vargas”, o sea el general, jefe cívico y militar, que ordenó a sus subalternos disparar sobre miles de hombres, mujeres y niños que dormían o descansaban en la plaza de Cienaga Magdalena, la madrugada del 6 de diciembre de 1928 y que protestaban mediante una huelga contra la United Fruit Company. La lectura del libro y la observación de la caricatura me despertaron una sensación de rabia y tristeza, de incomodidad con la actitud histórica de la oligarquía y los militares colombianos. Por eso quise compartir estas reflexiones.

El seis de diciembre de 2008 se conmemoraron 80 años de la vil masacre de los y las trabajadoras de las bananeras en el departamento del Magdalena; sin embargo, muy pocos en el país realizamos actos académicos, políticos o culturales para recordar estos hechos. Los medios guardaron silencio, los partidos políticos también y el gobierno por supuesto ni se inmutó. La primera reflexión es que en este país existe tal falta de ética y de sensibilidad que hasta los muertos juegan el papel maniqueo que les asigna la política y la ideología. Un acontecimiento de este talante histórico debería ser conmemorado por toda la nación, siempre dentro del ánimo de no repetirlo jamás. De manera que esta sociedad justifica unos crímenes y excusa otros.

De ese execrable crimen cometido contra humildes obreros no hubo condenados, muy a pesar que Jorge Eliécer Gaitan señaló con nombre propio y pruebas documentales, después de una ardua investigación en la zona, al gerente de la Fruit Company, al general Cortés Vargas, al capitán Luis F. Luna, al capitán Linero, al capitán Julio Garavito, al subteniente Alfredo Castilla, al coronel Díaz, al teniente Uribe, al ministro de guerra Ignacio Rengifo y a muchos militares y autoridades civiles que fueron vistos el 6 de diciembre y los días siguientes asesinar a sangre fría a campesinos de la región por el delito de participar en la huelga, aunque muchos de ellos ni siquiera lo habían hecho. Hoy, ochenta años más tarde, yo he visto las declaraciones de los paramilitares confesar el descuartizamiento con motosierra y las macabras sesiones de entrenamiento y graduación y declarar la vinculación y apoyo de mandos de la fuerza pública y hasta altos funcionarios del gobierno y tampoco, como hace 80 años, han condenado a nadie por estas causas. La impunidad es una constante histórica.

Jorge Eliécer Gaitán, asesinado años después por la oligarquía bipartidista, había denunciado que eran cientos, quizás miles los inmolados a manos del ejército y bajo las órdenes de la United Fruit Company, empresa norteamericana que les pagaba con jugosas sumas de dinero, víveres, licor y vivienda a los militares y demás autoridades con tal que actuaran siempre en su beneficio. Sin embargo, los periódicos de la época informaron que habían sido sólo nueve los muertos. Hasta el embajador norteamericano de ese entonces en un informe a su gobierno comentaba que eran más de 1000 los muertos en la masacre, y los testimonios populares señalaban que pasaban incluso de tres mil. Los medios, sin embargo, que estaban al servicio del gobierno “godo” de Miguel Abadía Méndez, difundieron la versión de los militares. ¡Qué curioso! Los medios masivos tampoco han cambiado, y hoy, igual que entonces, callan o vociferan noticias de acuerdo con la conveniencia del gobierno, especialmente aquellas en donde la sevicia, la tortura y la desaparición son cometidas por agentes del estado.

Cuenta o mejor denuncia Jorge Eliécer Gaitán que en la medida que sus pruebas comprometían a altos miembros del gobierno y de la cúpula militar y prometían hacerse más directas e implicar a más políticos y miembros de la fuerza pública, los congresistas de la bancada de gobierno, o sea los conservadores, se retiraban del recinto para dejar sin quórum la sesión, y así mismo los miembros del Partido Liberal oficialista, también los del Partido Comunista. Estos últimos, según dijo Gaitán, por celos. Sí, los celos de no ser ellos quienes denunciaban como les correspondía. También resulta curioso que esa práctica después de ocho décadas no haya cambiado. El año antepasado y el pasado, los representantes uribistas, todos, liberales y godos, se salieron del Congreso cuando las víctimas de los crímenes de Estado denunciaban en ese recinto a los militares y otros agentes del Estado, así mismo lo hicieron ante los desplazados y también cuando Piedad o Petro u otro político de oposición denuncia casos de corrupción o participación criminal del gobierno o sus seguidores. O cuando cursa un proyecto de ley que beneficia al pueblo o a las minorías étnicas y culturales.

Los generales de la patria siempre le han huido a sus responsabilidades cuando de masacres y villanías se trata; se ponen firmes antes las órdenes del imperio o “ponen su rodilla en tierra” ante el extranjero usurpador. También lo hacen los políticos y los ricos; aunque en oportunidades ni siquiera tienen que huir, simplemente son cobijados por el manto de la impunidad, ese manto que tienden los medios y que arropa la memoria encogida de los colombianos.

El dolor más grande uno lo siente al saber a sus compatriotas embriagados por el aroma autoritario y atrasado de quienes ejecutan el poder político. Da vergüenza, pero no deja de ser un gran contraste que tengamos gente tan buena y también otra tan perversa. Dejemos que Gaitán lo diga mejor: “En Colombia sucede un fenómeno curioso. Como pueblo Colombia es uno de los países de la más bella euritmia espiritual; los hombres todos sienten aquí colectivamente sus deberes, los postulados de la honradez; pero desgraciadamente hay hombres capaces de todas las claudicaciones; de las actividades individuales hay derecho para avergonzarse”.

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